martes, 18 de noviembre de 2008

Yamileth Trujilllo Malabrigo

¿A quién no le han dicho “no pases debajo de la escalera”, o tal vez, “¡cuidado con el espejo que si lo rompes recibirás siete años de mala suerte!”?
Todos alguna vez hemos escuchado hablar de supersticiones y personas que creen en la brujería, los pactos con el diablo, los rituales en los cementerios, etc. Sin embargo, algunos pueden pensar que son ideas sin sentido, mientras que otros son crédulos y simplemente dan crédito de algo de lo que no están seguros.
A decir verdad, ¿la gente conoce el significado o el origen de la palabra superstición? Para aquellos que no, superstición proviene del latín superstitio que quiere decir “fe desmedida o valoración excesiva respecto de algo”. Según la RAE, superstición significa “creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón”. En otras palabras, una superstición es una creencia en hechos sobrenaturales que aparecen cuando se atribuyen poderes extraordinarios a ciertos objetos y se buscan en ellos la explicación de algunos sucesos sorprendentes.
Una vez conocidos el significado y el origen del vocablo, podemos ejemplificar un poco las cosas hablando de aquellas creencias más comunes. Entre estas tenemos:
· La sal: Se dice que en el 3500 a. C., la sal era el símbolo de la amistad. De ahí la creencia de que si se tira o se derrama a amistad moriría.
· La escalera: Si pasas debajo de una escalera te llenarás de mala suerte, ya que, según dicen, es como desafiar a Dios.
· La cama: El colocar la cama con los pies apuntando hacia la puerta, trae mala suerte. Esto viene del dicho “Los muertos salen siempre con los pies por delante”.
· El paraguas: Esta creencia data del siglo XVIII en Inglaterra, donde creían que daba mala suerte debido a la negatividad existente entre el paraguas y la casa, ya que ésta protege a sus habitantes y no tolera ninguna protección adicional. Si alguien lo abría sobre su cabeza, se decía que esa persona moría antes de que acabase el año.
Vemos que, durante siglos, la magia, la religión, incluso la medicina, estuvieron poderosamente entrelazadas, y aún hoy, cuando tantas ideologías se han perdido, cuando las creencias religiosas y políticas están en decadencia, el hombre se aferra a creencias ancestrales a modo de conjuro benefactor.
Todos sentimos alguna inclinación a pensar que tal objeto o tal vestido, tal ciudad o tal color nos traen buena suerte, mientras que procuramos huir de lo que atrae la mala suerte.
La superstición prevaleció fuertemente en la Roma Clásica, tan escéptica en materia religiosa.
Amuletos y talismanes eran de uso común. Por ejemplo, Julio César creía en los oráculos y en los milagros.
Y, no hace mucho, allá por los años 50 y 60, en algunos pueblos españoles, se creía que los niños que nacían en Semana Santa, curaban de gracia, o sea, por imposición de manos, cualidad también atribuida a algunos monarcas medievales, y en la en nuestros días a sanadores de sectas, y también curas.
Todo esto nos incita a pensar que el hombre, sobretodo ahora, en nuestros cibernéticos días, cuando todo se explica sobre la base de una lógica racional y científica, hay quienes necesitan la magia y el misterio, para generar alguna forma de ilusión.
Al fin y al cabo, las supersticiones nacieron con el hombre y aunque sólo sea por curiosidad, el origen de muchas de ellas merece conocerse.

Ficción, embrujo, misterio. ¿Qué es la vida sino una unión de todo ello?

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